WhatsApp en grupos de padres: una reflexión y dos recomendaciones

Compartimos un recurso del Portal Educ.ar sobre el uso de WhatsApp en los grupos de padres. En este artículo, Cecilia Sagol, brinda algunas reflexiones "para comunicarnos mejor y saber cuándo dejar el chat para ir a la escuela".

El uso de Whatsapp ya es moneda corriente entre padres y familiares de la escuela ya que resulta una herramienta excelente para compartir información, resolver situaciones cotidianas y, en definitiva, formar comunidad. Pero ¿qué cosas hacemos, además de conversar, cuando chateamos en esos grupos? Algunas reflexiones para comunicarnos mejor... y saber cuándo dejar el chat para ir a la escuela.


Es necesario empezar esta nota haciendo una aclaración y no olvidarla durante el resto de la argumentación. WhatsApp, y todas las herramientas que permiten mantener chats grupales en tiempo real, son excelentes medios para formar una comunidad, resolver cuestiones prácticas, participar en la educación de nuestros hijos, estar informados, incluir a padres y familiares que por cuestiones de trabajo no acuden a la escuela todos los días, etc. En ningún momento ponemos en duda su eficacia o desaconsejamos su uso.

Cosas que hacemos al chatear
En lo que nos interesa profundizar es que, además del intercambio de mensajes, pasan otras cosas cuando nos comunicamos: se construyen relaciones, se definen jerarquías, roles y perfiles, se realizan acciones, y se definen y redefinen climas, emociones y actitudes.

Para analizar cómo actuamos cuando usamos WhatsApp para los temas relacionados con la escuela, vamos a comparar este intercambio con otro tipo de discurso escolar que involucra a familias y escuela, y que está en vías de desaparición: la cadena de padres. No hace muchos años —antes los tipos de discurso aparecían y desaparecían más lentamente, hoy son más efímeros—, cuando un grupo escolar se iba de campamento o de viaje de estudios funcionaba este tipo de comunicación. Una persona de la escuela llamaba diariamente a un padre —el padre o la madre más cercano, más colaborativo en general— y transmitía un relato de lo que pasaba. Era la escuela la que hacía este relato que circulaba; un poco como un «teléfono descompuesto» de padre a padre, era una conversación sucesiva siempre de a pares.

Hoy este único relato estalla en formas y contenidos. Hay muchísimas comunicaciones, en todo tiempo y lugar, durante todo el día, que incluyen además videos, fotografías, audios (volveremos sobre el tema de la imágenes). Los chicos se comunican directamente con sus familias, los padres entre ellos, los profesores y acompañantes hacen sus propios registros y los envían todo en tiempo real. El de la institución es un relato más que muchas veces llega al grupo más tarde que el resto y que, obviamente, ya no controla la información sobre el paseo. Muchos otros relatos, ubicuos —en todo tiempo y lugar, 24 h por 7 días, como es la conexión con la tecnología— tomaron la delantera.

El equilibrio y las relaciones sociales que se construyen en los grupos a través de la conversación han sido muy estudiados por la lingüística y la sociología. A pesar de que parezca un género trivial y una actividad sin importancia, la conversación es una forma de interacción social, nuestro modo más frecuente de actuar socialmente. Cuando conversamos, más allá de lo que transmitamos, estamos en rigor diciendo quiénes somos, construyendo una imagen positiva, obviamente, de nosotros mismos. Erving Goffman, en un trabajo de 1967, llamó «cara» (face) a esta imagen, y la definió como el «valor social positivo» que queremos mantener en un encuentro social en el que vamos también a cuidar la imagen de los otros. En una conversación escolar, los padres, madres y familiares nos presentaremos divertidos, comprometidos, preocupados por nuestros hijos, cariñosos, modernos, y la forma de hacer esto es mediante lo que decimos más allá de que el tema de conversación sea el buzo de egresados o que los chicos salen antes de hora ese día.

Además de un espacio para construir nuestra imagen, la conversación es, como dijimos, una inter-acción, una especie de danza que va dictando su ritmo, tono o tema. Si en un grupo, un padre pone una intervención como, por ejemplo: «Faltó la profesora de gimnasia y están solos. ¡Es una barbaridad! ¡No se puede tolerar!» con emoticones varios, está marcando un tono que difícilmente pueda cambiarse. Si me invitan a bailar un rock, no voy a entrar con ritmo de un bolero. Las siguientes intervenciones tomarán ese tono, más aún por lo que decíamos más arriba de la imagen propia: «no voy a pasar por padre despreocupado». Esto es una acción, es un hecho, aunque sea de palabras (hechos y palabras no son tan opuestos como parece).

«Una conversación es en sí un mundo. Constituye un pequeño sistema social con sus propias tendencias de fijación de límites: es un pequeño símbolo de compromiso y lealtad, con sus propios héroes y villanos». Nuevamente Goffman.

El ritmo al que tenemos que bailar en una conversación, el universo en el que entramos cuando somos parte, puede volverse peligroso, por ejemplo, si se trata de una acusación a uno de los chicos o chicas del grupo («Marcelita Pérez está mordiendo» o «Agustín se lleva cosas que no son de él») que puede derivar en estigmatizaciones o ser considerado bullying.


Dos recomendaciones que apelan al criterio
Acá es donde nos toca enunciar nuestra primera recomendación: hay un momento en que hay que apagar el celular y acudir a hablar con la escuela. Si realmente la situación es «una barbaridad», no vale la pena continuar conversando en el grupo, a poco se va a llegar: hay que hablar con la escuela, permitir que la institución intervenga en la conversación. Saber cuándo abandonar WhatsApp y utilizar el cuaderno de comunicaciones, pedir una entrevista o llamar por teléfono.

Nuestra segunda recomendación tiene que ver con el uso de nuevas tecnologías en general. Es muy probable que en estos grupos circulen videos y fotografías con menores. Los mensajes de las redes tienen una circulación infinita. Esas imágenes quedan en los teléfonos de sesenta padres y madres que pueden perderse o robarse, que los enviarán a cuatro abuelos por sesenta, que los pondrán en sus propias redes con un promedio de trescientos amigos, etcétera, etcétera. Usar las redes requiere el cuidado de los datos personales. Podemos pedir que se eliminen las fotografías una vez enviadas o simplemente conversar este tema y ser consciente de esto.

Como dijimos al comienzo, esta reflexión no demoniza el uso de redes sociales. Son espacios extraordinarios de participación, comunidad y conocimiento. Y una buena oportunidad para relacionarnos con los demás utilizando imágenes y palabras con responsabilidad y sabiduría.

Una versión breve de estas reflexiones se emitió en forma de entrevista en la columna de Tecnología de educ.ar en el noticiero Visión 7, la TV Pública.



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