Las tecnologías de la información y la comunicación revolucionan y desestabilizan estructuras establecidas, proponiendo nuevas maneras de participar, conocer e interpretar. Las pantallas que hoy inundan todos los espacios, incluso el doméstico e íntimo modifican todos los ámbitos, desde la dinámica del capitalismo, los modos de informarnos, las maneras de viajar, el ocio y el entretenimiento, las formas de enseñar y aprender, el juego de los vínculos. En tal sentido, y partiendo de la idea de que leer y escribir son verbo que remiten a construcciones sociales e históricas, podemos afirmar que en este nuevo contexto estamos asistiendo a nuevos modos de decir y nuevos modos de leer y escribir. En efecto, con el desarrollo de las tecnologías digitales aparecen nuevas estructuras textuales que, Ted Nelson , denominó hipertexto.
Etimológicamente podemos encontrar la raíz del término hipertexto en el prefijo Hyper derivado del griego que tiene dos sentidos: por un lado, "más allá", "encima", "sobre" (dado éste uso por ejemplo en el concepto de hipérbole) y por otro, designa cantidad superior a lo normal (cuando por ejemplo se lo utiliza en términos como hipermercado, hipertensión). Ambos sentidos pueden reconocerse en el término hipertexto que designa a una serie de múltiples textos conectados entre sí por nexos que proponen distintos itinerarios al lector. Cada texto tendrá enlaces que permiten ir abriendo otros textos, imágenes, videos, etc. El lector seguirá algunos enlaces y dejará otros, seleccionará su camino de acuerdo con sus intereses, estados de ánimo o por azar. Navegar es una buena metáfora para describir la experiencia del lector de un hipertexto: el lector navega de un punto a otro de esta estructura, sin seguir nunca un recorrido único. Cada lector recorre su camino personal, creando su propio texto a partir de esta particular experiencia de lectura. El hipertexto es una estructura particularmente abierta que ofrece recorridos infinitos. El lector del hipertexto es activo, decide, asocia textos y crea sus propios recorridos, realiza su propio “montaje”. El lector produce textos al construir su recorrido.
George Landow (Hipertexto, 1995) consideró que a la estructura del hipertexto se llegó por dos caminos: por el desarrollo de sistemas informáticos llevados adelante por Vannevar Busch, Ted Nelson o Bill Atkinson, y por las líneas de reflexión inauguradas por Barthes, Derrida, Deluze y Guattari, entre otros. Estos pensadores teorizan, cada cual a su modo y con sus matices, sobre la necesidad de contar con un nuevo tipo de texto: abierto, sin centro, múltiple. Barthes piensa en un texto de redes múltiples que interactúan constituyendo galaxias de significantes y no sólo significados, un texto sin principio, con diversas vías de acceso, sin que ninguna de ellas pueda calificarse de principal. En dicho entramado el lector juega un papel activo en la lectura del texto. Derrida, por su parte, cuestiona la linealidad y la idea de significación fija y verdadera. Deleuze y Guattari discuten sobre el pensamiento lineal y el pensamiento binario y proponen una estructura compleja de pensamiento, heterogénea, rizomática y multiconectada, capaz de ser rota en cualquier parte sin deshacerse. Estos autores sostienen que deben abandonarse los sistemas conceptuales fundados en nociones tales como linealidad, jerarquía, centro y sustituirlos por redes, nexos, nodos, multilinealidad.
Por su parte, los sistemas digitales han viabilizado estas ideas. El desarrollo del software y la capacidad del hardware han posibilitado la materialización del hipertexto. Internet es hoy una verdadera telaraña que bifurca, auténtico rizoma en el que podemos acceder en forma inmediata a información vinculada al que cada lector recorrerá de maneras múltiples y a su vez singulares.
Sin duda, la experiencia de lectura hipertextual modifica la experiencia de la lectura. El trayecto que se construya, los enlaces que se seleccionen, los recorridos que se escojan van construyendo el texto de una narrativa en perpetua construcción sobre un soporte que bifurca y descentra. El lector liberado de una organización jerárquica recorre una estructura en red que puede descentrarse y recentrarse hasta el infinito. En dicha red que nos incluye, pasamos de ser observadores pasivos, receptivos a ser sujetos participativos, interactivos, parte de un entramado complejo.
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